#PuroCuento: Las calderas de Madeco

Este es un cuento de ficción, basado en hechos reales.

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Otro 11 de septiembre. Las mismas historias de siempre: La Moneda, Allende, Jara y Pinochet. Población Yungay, La Bandera y San Gregorio. Cada uno de estos personajes o lugares se repiten en la memoria del colectivo social. Varios piensan que hasta allí llegan las memorias, los relatos y los horribles sucesos acontecidos en 1973.

Pero no. Siempre entre tanto polvo que trata de esconder las atrocidades cometidas por los opositores militares de la Unidad Popular hay algo nuevo que contar. En este caso sacaremos del olvido cultural una de las historias más escalofriantes y perturbadoras que sucedió poco después del Golpe de Estado.

Cerca de La Legua, se ubica una de las poblaciones que menos se recuerda hoy en día: la Población Madeco-Mademsa. En ella habitaban las familias de los trabajadores de dichas fabricas, de cables y electrodomésticos respectivamente. Con agua y luz gratis, debido a una de las tantas medidas socialistas de Allende, era un vecindario que no eran de situación, pero tenían un poco más de lo necesario para subsistir.

El estilo de vida y las jornadas laborales eran buenas para la época, por lo que no era de extrañar que varios jefes de hogar fueran de tendencia política izquierdista. Los sindicatos, tanto de Madeco como de Mademsa, tenían un gran poder dentro de la industria. Pese a ser de índole privadas y no estatales, su ritmo de producción fue constante y con números azules por lo general.

No obstante, llegó el día que nos convoca en estas fábricas ubicadas en San Miguel. A través de la Radio Magallanes, Allende relata aquel discurso que lo inmortalizó en la cultura chilena. Mientras estaba al aire, en las fábricas Madeco y Mademsa los trabajadores comenzaban a tomar las armas que tenían al interior del recinto, resguardando de que no los sacarían de su lugar de trabajo.

Al llegar aquella zona, los militares comprendieron que no sería una simple charla y un posterior desalojo: tendrían que usar la fuerza.

De igual forma, y como varios sectores del país, los trabajadores se vieron reducidos y derrotados frente al poderío y armamento del ejército. Al haberse resistido de forma violenta, quienes fueran parte del sindicato o miembros de algún partido izquierdista serían llevados a una bóveda subterránea, donde fueron noqueados y encadenados.

Mientras esto sucedía al interior de las fábricas, otra cuadrilla de militares se dirigían a las casas de los trabajadores, sacando de estas a las familias; fueran las esposas, hijos, hermanos o padres de los detenidos. Estos son llevados la fábrica Madeco, quienes son ubicados en el sector aledaño a las calderas.

Nadie entiende qué está ocurriendo; saben que Allende ha sido derrocado, pero la mayoría de los familiares no estaban involucrados en temas políticos; solo los jefes de hogar.

Se activan los engranajes y  las cadenas que están en altura comienzan a moverse. Se revela una de las imágenes más escabrosas y traumantes que pudieron existir en los primeros días del golpe: Los trabajadores, quienes horas atrás fueron llevados al subterráneo, estaban con los brazos colgando de las cadenas, con signos claros de golpes con objetos contundentes y desorientados.

Al final de la plataforma se encuentra la caldera a más de mil grados de temperatura. El sonido del fuego solo es acompañado por los incesantes y desconsolados gritos de las madres, parejas e hijos de los detenidos.

Está pronto a ingresar a la caldera el primer encadenado: Rolando, un joven de 20 años que hace tres meses se encontraba trabajando en el área de bodega. Fue uno de los pocos miembros del sindicatos que, armado con un arma, hirió de gravedad a uno de los militares. Su hermana, Ximena, grita y pierde el control de su cuerpo; mueve sus brazos descontroladamente y al borde una convulsión. Se oye la carne chamuscada, junto con un breve pero escabroso grito de Rolando que silenció la fábrica con el eco que provocó. Que quedara calcinado seria un milagro; encontrar sus cenizas, una misión imposible.

La tortura fue tardía: las cadenas y los engranajes iban a un ritmo tan lento que cada 15 minutos un trabajador hacia ingreso a las puertas del infierno mismo. Si el detenido continuaba inconsciente, era mejor para él; el dolor y posterior muerte ocurriría tan rápido que no tendría tiempo para aullar.

No así los que estaban atentos y veían cómo su turno se acercaba. Por más que se movieran o trataran de zafarse no lo lograrían; además de las cadenas, estaban esposados. Y si llegaran a soltarse, la caída de 20 metros los mataría de igual forma.

No obstante, quienes se llevaron la peor parte fueron las familias. Con el recuerdo de su ser querido siendo transportado lentamente a un horno que lo derretía casi al instante. Además de los perturbadores gritos de pánico resonando hasta el día de hoy en resuenan en sus oídos. Insomnio, locura y aislamiento social fueron las principales consecuencias de tal tortura psicológica.

Después que se ejecutara al último trabajador, las familias de los fallecidos fueron despachados a sus hogares, obligándoles de que siguieran con su vida normal. La magnitud de la tortura y psicosis empleada en esas personas fue un hecho sin precedentes ni limitaciones éticas.

Varios de los que estuvieron presentes ese día se suicidaron en menos de tres meses; el no poder dormir, las alucinaciones con las que convivían, junto a la incesante angustia de lo ocurrido gatilló la posterior muerte de padres, madres, parejas e incluso hijos.

Otros se fueron de Santiago, tratando de huir de aquellas pesadillas, que por más kilómetros de distancia estuvieran de San Miguel, el recuerdo seguía vivo y ardiendo en los corazones de quienes presenciaron no solo la muerte de un padre o marido; sino también la de amigos y vecinos.

Unas pocas familias decidieron seguir viviendo allí. Eso sí, conviven con las mismas secuelas psicológicas que los casos anteriores. La mayoría se encuentra en un estado de aislamiento social por cuenta propia. Algunos incluso no han salido de sus casas en más de 40 años.

Actualmente, el lugar de las torturas y donde el eco de los gritos de socorro aún se dejan oír es una bodega casi abandonada, que enfrente tiene a otro sitio con malos recuerdos con fallecidos involucrados: la Cárcel de San Miguel.

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