Rapsodia

Por Felipe Barros

odysseus

Los libros son una cosa azaroza. Cientos de miles son escritos en un año y al siguiente solo se recuerdan dos o tres. Es casi mágico que después de tantas guerras, de tantas dictaduras, tantas piras literarias, en fin, que después de tantos filtros la Odisea llegue a nosotros intacta y perfecta, como si tan solo ayer Homero se hubiera aparecido con el manuscrito en Random House o en Anagrama.

Y pasa, también, lo que pasa con tanta otra literatura legendaria: su existencia se pone en tela de juicio.

Se cuenta que Homero nació como Melasígenes en Esmirna y que lo llamaron “omeros” (el ciego) cuando empezó a perder la vista en sus continuas travesías marítimas. Se dice también que fue en estos viajes que escuchó los cuentos de Ulises (que guardan similitudes con la historia de Simbad, por ejemplo) y que ya en su vejez se dedicó a andamiar el poema épico que hoy puede conseguirse por dos miserables lucas en la feria de las pulgas.

Hay quien dice que el poema existía y que Homero solo lo escribió. Hay quien dice que el poema lo inventó un arqueólogo alemán cuando descubrió las ruinas de una de las nueve Troyas. Hay quien dice que la realidad es el sueño esquivo de un alienígena en coma.

Se dice de todo en los libros de literatura.

En fin, hablando en duro, el primer capítulo es difícil. Es como cambiarse de casa a dos horas de la universidad y tener que levantarse a las cinco para llegar atrasado a las ocho veinte. De a poco, en los siguientes cantos, empiezas a notar que en el camino de ida puedes ver la aurora filtrar sus rosáceos dedos por los vidrios empañados de tu micro y extenderse brillante por el océano infinito hasta que el día toma forma de día y ya no de bruma de ensueño. De a poco te conquista la sencilla trama que cautivaba a los reyes griegos de antaño cuando la escuchaban borrachos después de atragantarse comiendo y follando en orgías inmensas en la voz trémula de un aedo curtido, y vas conviriténdote en el rarito del curso que lleva el libro metido en el bolsillo interior de su montgomery como si fueras un poeta maldito, pero en nerd, total es materia de prueba, se supone. Empiezas a rayar el libro. A dibujar una carta de navegación en sus pulcras esquinas, profanándolo, violentándolo, destituyendo al autor del trono imperial de su muerte para igualarte a él en las páginas estáticas gracias al dinámico lápiz de pasta negro que llevas en otro bolsillo. Empiezas a sentir angustia cuando no estás avanzando en la trama, cuando te preocupas de Ulises como si fuera tu hermano o tu amigo, cuando esperas hambriento en la fila del completo, cuando te duermes en las soporíferas clases de relleno que jamás servirán en la práctica, cuando te acuestas de espaldas en el pasto después de una derrota olímpica en el ajedrez pensando en cómo habría ganado Ulises esa partida, como se habría adelantado al hambre de ver salir a los otros con los completos perdidos para Joaquín o para María, en cómo habría hecho la clase interesante con algún chamullo épico. Empatía primero, luego simpatía, después catarsis. Y es que al final llega el alivio intenso de volver a casa, a tu Ítaca personal sin Penélope, y sacarte los zapatos cuando en el cielo la noche lleva horas palpitando en sus estrellas, y tu te quedas con el insomnio de dormirse en la micro y de caminarse los dos kilómetros de vuelta de más cuando te pasaste de paradero, pero ya nada importa porque entonces juega el microondas y con la guatita llena el sueño se hace tu amigo y terminaste el libro y ahora entiendes que una odisea es un viaje interminable zurcado de conflictos provocados por los dioses pero que termina bien porque eres un hijo de puta con suerte, por ahora.  

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