Gemidos#1: Nice Hariboo

En Yakaranda abrimos un espacio para publicar breves textos de narrativa. Nuestra colaboradora Naty Lane ha decidido compartir este texto con nosotros.

Por Naty Lane

ErotikBN

Álvaro era un ciudadano alemán. Más de veinte años viviendo en un país es bastante tiempo. Pero él decía que no se sentía ni alemán ni español. Su familia era del lado de las montañas, casi gallego. “soy casi gallego” decía, mientras se burlaba de sí mismo y empinaba el codo para beber su cerveza. Hablábamos de la vida en una cocina rectangular, con vista al antiguo y hermoso edificio de enfrente donde las obstinadas palomas se posaban una y otra vez para ver si podían robar una que otra miga de alguna cocina solitaria. Me cargan las palomas, le dije. Son solo palomas, respondió. Son feas y estúpidas, dije. Todo lo contrario a ti, me dijo. Me ruboricé. Ya no era un secreto. Sus inmensos y profundos ojos azules me miraban con absoluto deseo y de vez en cuando bajaban hacia el escote de mi vestido para examinar mis pequeños pechos. Yo miraba sus manos moverse con tanta naturalidad, manos grandes, dedos largos y finos, como las facciones de su rostro. No tardamos en irnos a la cama, donde fuimos el uno para el otro, grandes amantes, como si nos hubiésemos conocido de toda la vida. Su cultura visionaria y desinhibida del sexo me impresionó mucho. Yo, proveniente de una familia religiosa, de un mundo castrador y castigador con los placeres de la naturaleza, me sentía absolutamente liberada. Eres muy pequeña allí abajo sabías? Me dijo después de intrusear mi vagina con sus dedos. Relájate me susurró y ví su cara perderse entre mis piernas. Mientras me lamía como un gatito bebiendo su leche, mis ojos permanecían cerrados, mis párpados apretados. Podía sentir a mi cerebro abriéndose como una flor en una mañana de primavera. Imaginaba la frescura de millones y millones de chispitas diminutas chocando contra mi cara a la orilla del mar, mirando el movimiento serpenteante de la espuma aparecer y desaparecer, sintiendo su olor fresco, fresco como mascar una frutilla recién sacada del refrigerador. Su lengua era precisa y suave, tal como me gusta. Exploté en colores deliciosos, intensamente despiadados. Cuando pensé que el placer había llegado a su fin, Alvaro me hace una extraña pregunta: Te gustan las gomitas Hariboo? Levanté las cejas en forma de pregunta. Sí, esas golosinas para niños con forma de osito, respondió. Pensé que bromeaba e imaginé algo extremo y sucio. Abrió una caja y sacó dos penes de distintos tamaños hechos de gomitas Hariboo. Sí! de go-mi-tas Ha-ri-boo! Para no creer. Eran dos consoladores de construcción casera, hechos con condones y gomitas de colores. Su fabricación consistía en rellenar un condón con gomitas, tantas como el tamaño que desees para el consolador. Luego lo pones en agua caliente para que las gomitas se ablanden y puedas con la mano, darle la forma que desees. Al enfriarse quedan como perfectos penes de una textura y consistencia muy similar a la de un pene de carne bien erecto. ¿Cuál quieres probar? ¿El pequeño o el grande? me preguntó. Ambos respondí y me entregué a las increíbles sorpresas Berlinescas. Como postre de esta gran cena, enrollamos hierba color manzana verde, prendimos el ventilador y nos echamos en la cama para escuchar un buen disco. “Cure for pain” de Morphine, fue el escogido.

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