Viajando de vuelta

“¿Por qué te vai tan temprano?” Es la clásica pregunta que realizan mis amigos y conocidos cuando informo que debo retirarme antes de las 23 horas, porque después de ese horario para Cerrillos no pasa locomoción alguna. La desigualdad en Chile se manifiesta también en la locomoción colectiva: mientras hay zonas de Santiago en las cuales hay locomoción prácticamente toda la noche, en los sectores periféricos esto no ocurre. Sabemos que la desigualdad se refleja a cada instante, golpea de frente sin dejar espacio a la reacción, como un rápido uppercut de Sugar Ray Leonard. Quien no quiera verlo es ó porque es ingenuo ó porque considera que la desigualdad es algo correcto.

Entonces, salí corriendo, como si hubiese perdido algo. Corría como un galgo en el infierno. Estaba en Providencia, metro Salvador visitando a un amigo y cuando emprendo viaje son las 10 de la noche. A esa hora la única opción era tomar la interprovincial Talagante, en el Terminal San Borja, porque las del Transantiago no van hacia Cerrillos en ese horario. En el terminal, el último bus sale a las 11.

Me fui en Metro viajando hasta Estación Central. Generalmente voy con audífonos escuchando música. Voy sentado usando mis manos y dedos como baquetas, haciendo como que tocara la batería. No me importa hacer el ridículo porque se que nadie me mira. La gente se ha puesto encorvada cuando viaja en el tren subterráneo, todos van mirando su celular. Nadie mira hacia alrededor. Lo digital ha vuelto adictivos a los chilenos.  Si alguien vomitara un conejo dentro del vagón, a nadie parecería importarle, solo le sacarían fotos y las subirían a Facebook. Pero si se les cae el celular, es como si por un momento les cortaran la circulación. El fenómeno tiene nombre, se llama nomofobia, que es el medio a salir de casa sin el celular.

Irónicamente, voy mirando el reloj de celular, no uso relojes de pulsera. Son las 22.30, voy urgido, y pienso que ojalá el metro volara a una velocidad supersónica, porque los últimos buses están saliendo en el terminal. A las 22.45 ya estoy en Estación Central, y debo caminar rápido para alcanzar a tomar la micro, para mi suerte, justo quedan las últimos dos, y en la que me subo sobran dos asientos. Elijo el lado de la ventana, el de los soñadores.

A las 11 y cuarto me bajo, aún me queda un trecho por caminar para llegar a casa. La calle está vacía, el silencio se escucha fuerte, solo interrumpido ocasionalmente por ladridos de perros, sean de casa ó callejeros ¿cuántos perros habrán en Santiago?, seguro debieron preguntarlo en el censo. Es información que podría ser útil para las municipalidades a la hora de controlar a los perros callejeros que puedan tener rabia ó para ofrecer a los ciudadanos servicios veterinarios. No todos pueden pagar para colocarle una vacuna ó un chip de rastreo a su mascota.

Sigo caminando. Las luces de los focos son duras, aplanadoras, como las de una fábrica. Llego a casa, y mientras tomaba un te para pasar el frío, veo que uno de mis contactos en Facebook postea: “40 MINUTOS ESPERANDO LA MICRO, QUE CHUCHA CONCHALÍ, QUE CHUCHA”.

Por Pablo Retamal Navarro

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