La pluma

Asamblea Constituyente: una necesidad histórica

Quiero hablar de una idea que, especialmente desde las últimas semanas (pero que antes se ha escuchado), estamos observando todos los días, en carteles, muros (materiales y virtuales), en cabildos barriales y en gritos populares: ¡Asamblea Constituyente! Junto con lo urgente, que es no dejar pasar más las violaciones a los DDHH, me parece que la tarea que como sociedad tenemos de levantar una nueva Constitución para Chile pasó a ser una necesidad primaria y trascendente. Un “Nunca Más” efectivo con mecanismos que impidan la impunidad en dichas materias, y el aseguramiento de derechos sociales no mercantilizados, forman parte de aspectos que una nueva carta fundamental puede recoger. Y la Asamblea Constituyente, creo, es la única manera legítima de redactarla.

Pero partamos con lo básico primero: ¿qué es una Asamblea Constituyente? En un informe realizado en Chile en 2015, se indica que el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) establece que una Asamblea Constituyente: “es un órgano colegiado conformado por un grupo de ciudadanos y ciudadanas electos por sufragio popular para discutir y diseñar exclusivamente un nuevo texto y orden constitucional”. Como consecuencia, agrega, “una vez que cumple con su cometido debe disolverse, para dar paso al ejercicio de los poderes constituidos.” (página 12, ver informe en este link). Es decir, tras este mecanismo establece que sean representantes del pueblo, diferente al actual Congreso, quienes deberán establecer las reglas para nuestra nueva convivencia, para posteriormente llevarla a un plebiscito (como el de 1980, pero sin el Dictador detrás) que decida si se acepta o rechaza la nueva carta fundamental.

«Chile necesita que, por primera vez en toda su historia republicana, y a diferencia de las 3 experiencias que hemos tenido, la Constitución del futuro la redactemos nosotros y no una autoridad que nos reprima (1833), ignore (1925) o simplemente nos asesine (1980)»

Ciertamente la definición es bastante amplia, por lo que los procesos también se han basado en las propias realidades nacionales. Desde los períodos ilustrados de los siglos XVII y XVIII en Europa, que se ha razonado y filosofado sobre la necesidad de participación del pueblo en oposición a la concentración del poder de los reyes. De ahí en adelante se han dado una gran cantidad de intentos en todo el mundo, frustrados o triunfantes, de ejercicios de poder constituyente popular, basados en mecanismos similares a una Asamblea Constituyente. Durante el siglo XX y lo que va del XXI, ha habido heterogéneas experiencias: desde la de Italia de 1947, posterior a la dictadura fascista, pasando por la de la joven Venezuela bolivariana de 1999, hasta la de la célebre Islandia en 2010 (como se indica en el mismo informe ya citado).

La Asamblea Constituyente no ha sido, por tanto, patrimonio de una sola ideología, como algunos pretenden establecer para infundir miedo sobre este mecanismo (y desmitificando declaraciones irrisorias sobre que esta vía sería parte de un plan “ruso-cubano-venezolano”). Lo importante, entonces, es que debemos empezar a construir nuestro propio mecanismo de Asamblea Constituyente.

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Ahora bien, la pregunta central es: ¿por qué una Asamblea Constituyente para Chile? A mi juicio, son tres razones: una práctica, una simbólica y otra por definición. La práctica tiene que ver con que sería la manera más participativa de llevar a cabo el proceso de crear la nueva Constitución. El mismo PNUD la define como uno de los mecanismos para redactar una nueva Constitución, alternativamente a la “vía parlamentaria” o a la “comisión de expertos”. Una Asamblea Constituyente se basaría plenamente en un llamado “Poder Constituyente” de carácter popular: es decir, en el derecho original que el pueblo tiene de darse un nuevo orden jurídico o, como se ha dicho también, un nuevo “pacto social”.

Esto último me lleva a explicar una segunda razón. Ha habido históricamente intenciones constituyentes populares, tipificadas o no como “asamblea constituyente”, pero han sido frustradas. En el proceso de organización republicana existieron iniciativas de recoger demandas ligadas a la soberanía popular en los llamados “ensayos constitucionales”, ante lo que terminó imponiéndose una visión conservadora, elitista y autoritaria en la Constitución de 1833 tras una guerra civil (ver detalles libro de Gabriel Salazar, La Construcción de Estado en Chile).

Se puede destacar también la breve experiencia de la “Asamblea Constituyente de Asalariados e Intelectuales”, donde también amplios sectores sociales y políticos ligados a lo popular, buscaron incidir directamente en la decisión de una nueva constitución en 1925 (ver artículo de Sergio Grez al respecto en este link). Si bien, para inicios del siglo XX, la articulación del movimiento obrero y estudiantil, así como una emergente clase media, daban cuenta de la irrupción de nuevos actores sociales con incidencia por primera vez en el poder, aquello fue sobrepasado para las institucionalidades establecidas.

«Lo que debemos hacer, entonces, no es preguntarnos si el mecanismo de la Asamblea Constituyente es o no la forma de proceder. Reitero que, a mi juicio, es la única manera en la que debemos proceder»

Las experiencias mencionadas, finalmente, sucumbieron frente al poder de elites minoritarias que, desde la fuerza o simplemente desde la costumbre de hacer todo “entre cuatro paredes” (sí, como hasta ahora), terminó redactando Constituciones que duraron varias décadas, como fueron las de 1833 y 1925. Este precedente histórico se agrava si se suma la imposición en plena Dictadura (ratificada mediante plebiscito “trucho”, sin servicios electorales fiscalizadores) de la actual Constitución de 1980 (en 2005 se le hicieron reformas), redactada por un grupúsculo asignado directamente por el dictador Pinochet (“Comisión Ortuzar”) y con una importante influencia del conservadurismo gremialista y anti-popular de Jaime Guzmán.

De ahí se desprende la segunda razón: Chile necesita que, por primera vez en toda su historia republicana, y a diferencia de las 3 experiencias que hemos tenido, la Constitución del futuro la redactemos nosotros y no una autoridad que nos reprima (1833), ignore (1925) o simplemente nos asesine (1980).

Esto me lleva a la tercera y última razón: ¿es tan importante una Constitución? Por definición, sí, muy importante, llevándome nuevamente a lo básico. La RAE define una Constitución como: “Ley fundamental de un Estado, con rango superior al resto de las leyes, que define el régimen de los derechos y libertades de los ciudadanos y delimita los poderes e instituciones de la organización política”. Es el documento donde están y estarán plasmadas de manera preponderante cuál es el tipo de derechos y libertades que tendremos, y cuáles son las obligaciones que el Estado debe tener. Por ejemplo, en la Constitución queda establecido si tendremos un Estado que sea garante de salud o educación, o si solamente se remitirá a mantener el orden público e intervendrá poco en la economía. Ahí está la base de aspectos tan importantes como el quién se hará cargo de las pensiones, las formas de relacionarnos en nuestros trabajos con nuestros jefes para acordar sueldos, nuestros derechos como consumidores, o la importancia que se entrega en cuanto a derechos sexuales y reproductivos, por solo mencionar pocos ejemplos debatibles en el contenido.

Por tanto, queridas y queridos lectores, no da lo mismo quién(es) la redacten y cómo se redacte. No puede ser esta una decisión de unos poquitos asignados por un gobierno de turno, debiendo ser independiente de aquello.

Lo que debemos hacer, entonces, no es preguntarnos si el mecanismo de la Asamblea Constituyente es o no la forma de proceder. Reitero que, a mi juicio, es la única manera en la que debemos proceder, porque el pueblo de Chile necesita decidir sus propias formas de convivencia y dejar un legado autoritario atrás. Después de aprobar esta idea en un plebiscito, debemos persistir y ampliar los cabildos auto convocados que se han desarrollado estos últimos días en todo el territorio, y discutir, primero, la manera en que conformaremos la Asamblea Constituyente en sí misma ajustado a nuestra realidad país, decidiendo por ejemplo cuántos representantes habrá y a que territorios representará puntualmente (¿por región, comuna, barrio, u otro?).

Y cuando la Asamblea Constituyente esté conformada, vendrá la titánica e histórica tarea en que los representantes constituyentes del pueblo de Chile, recojan las voluntades populares y construyan la nueva constitución. Pensemos, entonces, qué país queremos y decidámoslo minuciosamente, pero sin tiempo que perder. Tomémoslo, en medio de esta crisis de un sistema que no da para más, como la más grande oportunidad que hemos tenido.

Fotos: Mauro Medel Caro  (maulon85, en Instagram)

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