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La tele es de los 90′: Cuánto vale el show

En su versión noventera, entre boinazos y transición pactada, el espacio de talentos se posicionó como un clásico de la cultura pop gracias a una mezcla imbatible: personajes, morbo y dinero.


Como si la presión del tiempo real y las cámaras apuntando como fieras a punto de abalanzarse sobre la presa, no bastase, un desdichado hijo de vecino además debía además esperar un veredicto sobre la calidad artística de su número. Don Francisco, con su estilo estridente, resolvió ese problema con el Chacal de la trompeta -lejos uno de los mejores villanos televisivos ¿sí o no?- ¿para qué hacer esperar, cierto?

Pero había otra fórmula. Antes de American Idol, Rojo y Yo Soy, los programas de talentos ya existían como tal, amigos millenials. Cuánto vale el show, conducido por Leo Caprile, es quizás el más notable de la década. No solo porque se apoderó de la subvalorada franja de mediodía, cuando la gente está cocinando y los matinales terminan, sino que consiguió dejar huella a partir de un elemento clave: el jurado.

Básicamente, el panel de jueces era una variopinta galería de personajes que le daba cierta frescura al espacio, considerando lo simple de su fórmula. El fallecido escritor Enrique Lafourcade era como ese profesor serio, intelectual, pero que expresaba su cariño regalando libros. De cuando en cuando también se daba el tiempo para hablar de temas poco recurrentes en TV como la filosofía de Sócrates o los dioses de la Antigua Grecia. Sus comentarios, ácidos, deban cuenta de su fino sentido de la ironía. También hacía falta un excéntrico, porque claro, si el concursante era fome, alguien tenía que hacer el loco. Ese rol lo cumplía el también escritor Erick Pohlhammer.

La única mujer en el grupo era la actriz Marcela Osorio. Talentosa, lograba transmitir su ángel y encanto a la pantalla. Derrochaba una sensualidad natural que explica por qué fue encasillada como la bomba sexy de la transición, muy a su pesar, pues su habilidad como intérprete era notable. Cerraba la alineación «clásica» del jurado, el crítico Ítalo Passalacqua. Tacaño con los premios, pesado con los participantes, severo en sus críticas. Cumplía bien su ingrato papel.

El programa original partió en la década de los 80′, con jurados como el humorista Álvaro Salas o la periodista Yolanda Montecinos, cuyos gustos rayaban en lo siútico -aunque ello calzó mejor en Maravillozoo-. En su reencarnación noventera de 1994-95, funcionaba por la combinación de sus partes, el atinado casting para elegir concursantes y su capacidad para estar siempre con el ánimo arriba -un viejo truco publicitario-. Lo que incluso se pasaba a la orquesta en que, fuera de broma, se podía hallar una superbanda, con el guitarrista Carlos Corales, el fallecido trombonista Héctor «Parquímetro» Briceño y el baterista Patricio Salazar. A veces estos aprovechaban cuando la dirección los pinchaba para robar cámara, hacer alguna broma o un juego de frases musicales, a modo de meme sonoro.

En el Chile de la transición se debía transmitir la idea de la abundancia, del progreso, de la alegría que llegaba, de los tiempos mej…no, eso no. Por ello, el show debía ser completo: con premios en dinero -herencia del Festival de la 1-, personajes reconocibles que generasen empatía con el el respetable y jueces raros, pero queribles. Una fórmula añosa, que llegaba al corazón del telespectador duro -posiblemente apuntaban a la audiencia C3/D-. Por ello, Cuanto vale el show resumía muy bien la transición y su sino de las expectativas. Aylwin lo zanjó con «la medida de lo posible», pero espacios como el de Chilevisión lo hacían realidad, con su conversión al metalico. Por algo vio pasar hasta al escritor Rodrigo Lira, y en su momento, Los Vinchukas, antes de ser Los Prisioneros, evaluaron ir a participar con temas escritos ad-hoc. Es que ellos entendieron que solo bastaba ir y preguntar ¿cuánto vale el show?

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