#PuroCuento: Víctimas de una infancia robada

Por Nickso

COLUMPIOS PLAZA
Fotografía: Paz Muñoz

Son las 3 de la mañana. Todos los niños del Barrio Germania duermen o al menos están en sus casas. El viento y la soledad dan sus paseos nocturnos que ya son habituales a esas horas. No obstante, la pareja de tórtolos tuvo que cancelar su cita; un grupo de cinco jóvenes, tres hombres y dos mujeres, van caminando por en medio de la calle hasta llegar a la Plaza Lo Vial.

Todos visten de tonos oscuros y traen dos bolsas, una de las cuales suena el constante tintineo de unas botellas de vidrio. Desde la ventana de una de las casas aledañas a la plaza, el padre de familia observa con sigilo la situación, escondiéndose detrás de la cortina azulada y llena de polvo. Piensa que son drogadictos, jóvenes que no terminaron la enseñanza media y viven del jolgorio. Que aprovechan estas horas para poder fumar tranquilos, sin el temor de ser atrapados por Carabineros. El hombre, que aún mira la situación con recelo, tiene ya marcado en su celular el 133, a la espera de que los jóvenes comiencen a realizar sus actos de libertinaje.

Se sientan en uno de los bancos que hay en dicha plaza. Se ponen a hablar de distintos temas: el aborto, los viajes que realizaron en las vacaciones de invierno, el concierto de ska de la semana pasada, el show de stand up comedy que tendrá un de los miembros realizará en tres días más, entre otros tópicos.

Cuando el reloj de una de las jóvenes marcan las 4:32, se dan cuenta que todas las luces de las casas están apagadas. En ellas reina los sueños y las pesadillas de los niños, padres y abuelos. Excepto en la del hombre que se esconde detrás de las cortinas, que aun con su celular en mano y en cansancio sobre su cuerpo, espera ansioso la acción que permita realizar el llamado.

-Démosle, es la hora- dice uno de los hombres.

En ese minuto, el más bajo del grupo saca de la bolsa un paquete de gran tamaño, un tanto ruidoso y lo abre. Resultó ser unas Papas Marco Polo tamaño familiar. A su lado se escucha como la muchacha de cabello tomado destapa una de las botellas de vidrio. El sonido de los grillos y el viento que mueve las hojas de los árboles presentes camuflan el ruido que produce el gas de la recién abierta Coca Cola exprés. Mientras ellos preparan el cocaví, los otros 3 miembros del grupo corren para poder agarrar el columpio más alto.

No son más que niños. Niños que nunca pudieron salir a una plaza a jugar por las distintas circunstancias que les puso el destino, quien les arrebató la infancia que recién ahora pueden tratar de disfrutar.

Aprovechan la noche para mimetizarse con ella, llegando y retirándose como fantasma, sin que nadie se haya dado cuenta de los viajes al pasado que realizan cada semana.

Esta vez, su plan fallo; Si bien se divirtieron, comieron y volvieron a ser niños, el hombre de las cortinas azules descubrió su coartada. No obstante, este decidió apagar su celular, y con ello, sus prejuicios.

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