Puro cuento #5: Vendetta

Por Felipe Barros.

Vendetta

Los carroñeros han llegado a esa punta del patio donde el sol sobre el edificio marca una línea divisoria entre la luz y las sombras y han dejado a su víctima semiinconsciente casi abandonada junto a las barras de gimnasia. La víctima boquea, babea, parpadea, intenta trabajosamente volver a la vida aunque es tan cómodo, tan doloroso, tan furiosamente cómodo quedarse ahí con la rodilla rasmillada, el cachete cortado, el ojo hinchado, el pantalón rajado, el celular roto, el fémur roto, la dignidad rota, a la espera de que los verdugos terminen por fin su trabajo. La vida es dura. Nuestro héroe parpadea, boquea, babea. Un fulano lo vigila distraído. Espera, obvio guardián, al resto que llegue y termine la faena, la tortura del día. Hoy se les pasó la mano, es en lo que todos coinciden mientras se limpian la sangre de las manos y de las poleras y mean ostentosamente con las puertas abiertas, salpicando y mojando sin ningún respeto, manchando de sangre los lavamanos nunca limpios, de barro el suelo ahí donde pisan, de orina ahí donde mean. ¿Y vieron cómo gritaba? Parece que se meó encima. Parece que me manchó con sus mocos. Salen del baño y salen en patota. De vuelta a las barras la víctima ha escuchado risas de gaviota, ha visto a las parejas acurrucarse cerca de su vía crucis y reírse de él, apuntarlo con el dedo. Lo han visto experimentar con sus piernas solo para caer de vuelta sobre su charco de tormento. El guardia no se entera, distraído, busca al inspector para salir corriendo sin hacerse cargo de nada en cuanto su aguda nariz se asome por el pasillo. No hay peligro en dejar al perkin solo. Era el plan desde el principio. Dan por hecho que la rata no va a cantar, que le espera un castigo peor si se atreve. ¿Peor que esto? Peor. Los carroñeros se ríen. Han decidido ya que van a hacer con el torturado. Van todos armados de tijeras y navajas. No lo van a tajear, no, pero sí van a desfigurarle el rostro, a hacerle harapos la ropa, a dejarle pelones que tardarán meses en crecer. Tal vez se vaya un dedo, tal vez dos. El Cristo, que ha logrado asegurar la pera sobre el pecho húmedo tras la simple operación de apoyar la nuca contra la barra de gimnasia, observa aterrado el brillo azulado de las tijeras y las navajas que avanzan hacia él como guadañas. Un impulso insólito lo levanta. Una fuerza insólita lo domina. Un deseo insólito lo empuja y lo hace agarrar al guardián, someterlo y golpearlo contra las barras de gimnasia, cayendo junto a él al suelo, sintiéndolo desparramarse a su lado, observando la sangre tibia que empieza a correr por su nariz y el brillo opaco de sus ojos mientras se ponen en blanco, congelando el patio, activando las alarmas, acelerando los cuchillos.

 

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