“Tell me how you really feel”: al rescate de la fibra del rock

El segundo trabajo de Courtney Barnett toma elementos clásicos del género, pero los pone al servicio de su mensaje de desencanto.

Por Felipe Retamal Navarro

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En 2017 Courtney Barnett dedicó sus energías al trabajo en equipo. En esa temporada lanzó el álbum “Lotta Sea Lice” junto a Kurt Vile. Un trabajo cuya sonoridad remitía al indie y al folk, con letras en que se exploraban temas asociados a la soledad y la nostalgia.

Ese paso introdujo a la australiana en otras formas de explorar el campo sonoro que presentó en su excelente disco debut “Sometimes I sit and think, and sometimes I just sit”(2015) y generó inquietudes respecto al contenido de su segundo disco. Sin embargo el single “Nameless, Faceless”, primer corte de “Tell me how you really feel” dejó en claro como es el nuevo material: rockero, garagero y muy confesional.

La placa se grabó en diez días en Sound Park Studios de Melborune, con Burke Reid en la producción, al igual que en su primer trabajo. “Es muy divertido trabajar con ella. Agradable, fácil de llevar, y cuando la decisión debe tomarse, ella lo hace” contó Reid al sitio audiotechnology.  También repiten sus puestos los integrantes de su banda estable: Dave Mudie en la batería, Bones Sloane en el bajo y el coproductor Dan Luscombe en la guitarra principal.

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La decisión de trabajar sobre una propuesta rockera se puede explicar en dos aspectos. Primero, en las letras de Barnett hay desesperanza y apelación a la condición humana.  “Put up or shut up, it’s all the same/It’s all the same, never change, never change” canta en “I’m not your mother, I’m not your bitch”, un tema que se puede leer como dirigido a un hombre, aunque la autora ha comentado que es más bien una reflexión abierta.

En “Hopefulness”, el tema que abre el disco canta: “Take your broken heart/Turn it into art/Can’t take it with you/I don’t wanna know”, líneas en que habla de superar la adversidad mediante el respeto hacia sí mismo. Eso explica el sonido de la tetera al final; resume la ansiedad. No es casual, porque en “Nameless, Faceless” se refiere a los haters,  un aspecto relevante en tiempos de redes sociales. En suma, sin ser un disco conceptual, la aussie plantea un trabajo que es muy humano, pese a su cariz personal. Toma posición en tiempos que los abusos son parte de la agenda.

El otro aspecto que explica el sonido del disco es la idea de Barnett de recuperar el rock como espacio de expresión. Las guitarras suenan crudas, con los amplis Fender Deluxe grabados a todo volumen con los micrófonos algo sobrecargados. La batería se grabó  en mono, instalada en una esquina y con micrófonos como el U47y el clásico SM57, lo que da ese sonido con poco ambiente.

Por momentos se escuchan largos pasajes instrumentales, en que se incorporan de otros instrumentos como el órgano, es decir, hay guiños a la psicodelia que siempre se agradecen.

Las canciones de Barnett son de estructura simple. Juega con verso/coro, alguna repetición y luego hay partes instrumentales que pueden funcionar como ganchos o como momentos de paso. Es la forma clásica de la canción rock.

En tiempos en que se discute la vigencia del género, la australiana logra canciones contundentes y directas a partir de su profunda comprensión del género. Logra que el formato esté al servicio de su mensaje y no al revés. Un gran logro para un segundo disco.

 

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