Puro Cuento #4: Pieza matrimonial

Por Felipe Barros

Puerta Casa

Antes de abrir la puerta enderezó el tapete de bienvenida, lo que le dejó un regusto amargo de nostalgia que no supo explicar. Al entrar a la casa en penumbras recorrió de memoria el camino a la cocina y recién ahí encendió la luz, el hervidor y la radio. Mientras hervía el agua de su té, entró al baño, se encerró y dejó caer con un agotado resoplo la tapa del excusado.

Desde la radio de la cocina se escuchaba opaco el diálogo entre dos conductoras y una abuelita de Punta Arenas.

  • Abuelita: …cuarenta y ocho años llevamos ya
  • Conductora 1: ¡¿Cuarenta y ocho años de casados?! ¿Y qué tal la experiencia?
  • Abuelita: Uy, maravillosa. Ver crecer a los hijos…a los nietos después…por decirle que ahora estamos los dos en una custión que se llama Danza con Canas por un tema de salú…
  • Conductora 2 (riéndose): De salud mental y física también, ¿no?
  • Abuelita: Claaro. Es chistoso porque en el colegio no me gustaba educación física, pero ahora tengo que hacerlo porque queremos llegar a los cincuenta con mi viejo…

Se sorprendió cuando al momento de secarse le molestara una lágrima en cada ojo. Las borró con impaciencia, se lavó las manos y salió justo cuando el botón del hervidor soltó un click. Una revelación se le abrió como un abanico en la imaginación mientras llenaba la taza y descansaba la vista en la nada: no estaba sola en la casa vacía. Se lo decía el instinto, sí, pero también la memoria de las cosas que eran cuando ellos eran tres; no dos, como ahora.

Dejando el tazón enfriarse en la mesa apagó la radio y desenfundó el celular, lista para salir disparada llamando a los pacos, pese a que ni la puerta de entrada estuviera forzada ni flotaran corrientes de aire que delataran ventanas rotas.

Agradecida por que la Trini estuviera en el taller de pintura, a salvo, revisó una por una las tres piezas que le daban forma a la casa. Primero la de invitados. Pulso rápido y respiración entrecortada. Vacía. Dos camas deshechas en las tinieblas. Giro. La de la Trini. Una cama en el centro casi exacto de una habitación desordenada e infantil. Suspiro. Vacía. Seis pasos la separaban del final del pasillo. Los dio en puntillas. Si había alguien tenía que estar encerrado en esa pieza, en su pieza y a oscura. Apoyó la mano en el pomo y se espeluznó en el silencio que dominaba todo.

Una micro pasó por la calle con su estruendo de animal metálico en estampida.

Abrió la puerta y encendió la luz.

Claro que estaba ahí. Con el anillo brillando al dedo, sentado de terno en la cama como en los días viejos cuando se instalaba en esa punta para abrocharse los mocasines, acercándose con los brazos abiertos y las manos vacías, pese a las peleas, la clínica, los juicios, las órdenes de alejamiento; abrazándola mientras ella mantenía los brazos muertos a los costados, mientras el celular caía al suelo, mientras empezaba a tiritar, mientras sentía el grito nacer en su estómago y el beso frío del acero en su cuello

  • Si gritas te mato – le dijo en un susurro, sin despegar la boca de su oreja.
  • ¿Q…qué vas a hacer?
  • Voy a quemar todo.

Y entonces sintió el olor de la bencina y vio detrás de su hombro el bidón rojo de cinco litros que descansaba palpitante junto a la cama.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s