Puro Cuento #2: Comer y dormir

Por Felipe Barros

GATO ROMANO

Comer y dormir, comer y dormir, comer y dormir, comer y dormir. Todo en el mundo se reduce a comer y a dormir. Hay que comer, hay que encontrar la comida escondida, enterrada profunda en los tachos de basura, hay que asesinar y tragarse los cadáveres escondiendo los huesos intragables, hay que esperar que algún solidario suelte alguna limosna. Se come bien con las limosnas. Uno podría ponerse gordo con solo limosnas. A veces llega su cariñito, pero ya estoy viejo para andar pensando en cariñitos.

Dormir es otro tema. Durmiendo se sueña. Dormir con la panza al sol, sobre un pedazo de cartón, acurrucado sobre mí mismo. Escapar y dormir.

En el lugar hay otros dos que son como yo. Los veo de repente. Él es más esquivo. No deja que nadie lo vea comer y que nadie lo vea cazar. Sospecho que ella lo ama. ¿Por qué si no lo seguirá de lejos y lo mirará entre suspiros mientras él ataca a sus víctimas y las despanzurra veloz con los dientes?  Ella es bella. Es bella porque es joven. Si fuera vieja la mataría y me la comería. Después de eso dormiría un rato con la guatita llena. Se está bien así, con la guatita llena, tibia. Supongo que habrá que esperar.

Ellos dos saben quién soy. Que cuando nos juntamos por casualidad en las sombras y hablo es mi voz la que se acata, como si el lugar fuera mío y lo es. El tiempo me ha dado esto y ningún forastero va a venir a quitármelo, no señor.

Por eso tuve que matar al rubio cuando llegó con sus dos hermanos a meter los bigotes donde no le correspondía. Fue una cuestión de honor, casi un desafío personal.

Verlo llegar tan campante a mi guarida siguiendo el rastro del pollo que había encontrado medio podrido en la basura de la cocina, con expresión esperanzada, soñando quizá que algo de ese pollo podría ser para él me puso los pelos de punta. Un buen gancho de izquierda lo sacudió, voló varios metros. Pero se levantó como si una brisa de viento le hubiera revuelto el pelo, se sacudió el dolor y se preparó para atacar.

En un salto suyo pude ver cómo sería cada uno de sus días, cómo se abalanzaría sobre sus presas, cómo se relamería después de comer, qué partes del patio serían las que elegiría para dormir y bajo qué escaleras se escondería de la lluvia.

Tenía que matarlo.

Tenía que cortarle el cuello rápido.

Acabar con su sufrimiento.

Ahorrarle las terribles penas que una vida así puede traerle a cualquiera.

Pero cuando iba a soltarle el tajo mortal en medio del vuelo, vi salir de las sombras a sus dos hermanos. Pequeños, minúsculos, dos pulgosos niños con ojos legañosos, aun saboreando la leche materna, aun soñando con el amor.

Dos cachorros en busca de amor.

Eso no paró el golpe.

Nada pararía el golpe.

El rubio cayó cuan largo era a centímetros de mi pollo, bañándolo de sangre.

Ni siquiera tuve que bufar para sacarme a los otros dos de encima, se quedaron estáticos mirando cómo me abalanzaba sobre el rubio y me lo empezaba a comer con pelos y todo. Hay que aprovechar cuando están tibios, fríos hacen daño. A veces no me importa el daño. Terminado el rubio terminé el pollo y seguía con hambre, pero cuando volteé los niños se había largado. Bien jugado. Me limpié la sangre de las manos y me eché a dormir.

Me despertó la luna llena en la cara. El viento frío hacía bailar las briznas de césped que crecen entre las grietas del cemento del patio. Miré el sitio donde cayó el rubio. Su calavera vacía me miraba. Sus ojos abiertos hormigueaban. Los bichos se habían comido sus párpados. Suavemente lo tomé y lo llevé a la tierra para enterrarlo. Sentí una pequeña acidez en el estómago. Cuando terminé de enterrarlo me cagué encima y tapé los mojones con más tierra.

Un túmulo a su altura.

La noche era bella y no tenía hambre, así que volví a dormir.

Hace tiempo que no recuerdo mis sueños, pero esa vez soñé que estaba en la proa de un barco pesquero, vestido con todo y chubasquero. Un gorro de lana me abrigaba las orejas. Por el olor supe que nos había ido bien, que el barco estaba lleno de peces, que en la mañana llegaríamos a puerto. Me alegré. El capitán me saludó con una caricia y me alargó un arenque. Estaba a la mitad cuando gritó una gaviota y una ola inmensa nos devolvía junto con los peces al océano.

Me desperté sudado. Me pasé las manos por la cara. Era de día. Los pajarillos ya cantaban felices en sus ramas. Me gusta escucharlos. El lugar estaba lleno de gente, rebosante de energía. La gente va y viene sin pausas y sin prisas y yo de nuevo con hambre. Rondé los basureros. Día de aseo, todos vacíos. Las tripas me rugían. Me puse en plan de caza y aceché durante veinte minutos a un pajarillo. Me dolió cuando le rompí el cuello. La edad me debe estar poniendo sentimental. Me lo tragué con todo y plumas después de tomarme su sangre, tibia. No fue suficiente. Comerme al rubio me agrandó la guatita. No debí comérmelo entero. Caminé por ahí un rato, sintiendo el tibio cariño del sol sobre la espalda.

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