Puro Cuento #1: Western

Por Felipe Barros

Perro callejero

Se adelanta en el silencio un escalofrío de tormenta, un murmullo como de río que atraviesa el cemento ardiente del mediodía en Pedro Montt. Un aviso de cierre temprano para los chinos.

Una cuadra al norte todo mantiene su orden natural.

Por el silencio avanza con trabajo un perro cojo  que, heráldicamente, se orina en una de las vallas papales instaladas en la mañana.

Le sigue a una distancia de veinte metros un Dodge Charger verde ronroneante franqueado por una pareja de oficiales, impasibles, en sus tenidas de servicio. Un par de weones en moto se ponen frente al Cine Hoyts y en la esquina de los churros del parque Italia. A lo lejos, donde se meó el perro, se ven las micros y los zorrillos. Se adivina su influjo fétido en las rejas que caen y en las ventanas que se cierran. El Charger y las motos vienen con ellos desde Sotomayor. La maquinaria de asedio está en el plan desde anoche, instalada quizá detrás del Ripley. Un puñado suelto de carabineros se asienta en las frescas paredes de calle Uruguay, escondidos como gángsters. Una nueva guardia se agrega al Congreso circulando por afuera, armados como tortugas ninja, listos para el ataque.

Una mano enguantada acaricia la culata de su pistola cuando nos ve pasar.

Una cuadra al sur todo mantiene su ajetreo diario.

A las 12, cuando el sol cae verticalmente desde el cielo, se miran con recelo desde este extremo unos y desde el otro los otros.

Jorge González se aparece de repente, echándonos. Un caudillo le hace los coros entonando una letanía de dolor y guerra y muerte a través de un mic. La música y la guerra se mezclan en el enorme parlante que lleva al hombro una camioneta Toyota roja. Un buen grupo de maestros y maestras de todas las formas y tamaños, de todas las edades imaginables lo siguen a buen paso, cargando un lienzo que ya en el teatro Condell se hacía pesado, cantando, desgarrándose las gargantas que van a usar mañana para hacer callar a los mocosos por los que luchan. Sin orden ni concierto aparecen después los estudiantes, multiformes, plurisignificativos, espontáneos, salvajes, eternos.

Tres muchachas se enmascaran detrás de una esquina, destacándose solo el brillo de sus ojos en el atuendo de guerra.

Una figura larguirucha se yergue altanera y desafiante sobre un paradero de micros.

Palabras primero, luego insultos, y risas, y humo.

Luego fuego, y agua, y lágrimas.

Los mirones espían a través de las persianas americanas, de las cortinas amarillas, de las ventanas que no volverán a abrir hasta el sábado para no ahogarse en sus mocos.

Pedro Montt está ahora vacía y hecha un pantano. Los pacos se suben a sus dodges y sus motos y se van.

Lo que haga el resto es parte de la historia.

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