Películas clásicas: En el nombre del padre

El filme de 1993 cuenta con una soberbia actuación de Daniel Day-Lewis, que permite al espectador empatizar con los Cuatro de Guildford y la injusticia tremenda a la que fueron sometidos.

Por Pablo Retamal Navarro

NameofFather

Cuando un director se propone contar una historia utilizando el cine y elige un acontecimiento real donde hay víctimas inocentes de una mascarada, debe preocuparse de la verosimilitud y de entregarla al espectador no de una manera fría y clínica, sino de tal forma que genere complicidad ¿Por qué? Porque es lo que engancha.

Y eso fue lo que se propuso, en 1993, el cineasta irlandés Jim Sheridan cuando estrenó En el nombre del padre. El largometraje es una adaptación del libro homónimo escrito por el ciudadano norirlandés Gerald Conlon, donde narra el proceso en el que fue encarcelado -junto a tres amigos y siete miembros de su familia- por un atentado terrorista que jamás cometió.

La cinta desarrolla un tono implícito de denuncia de la situación puntual de los Conlon, producto del sistema judicial británico, que permite la existencia de funcionarios que anteponen prejuicios y discriminación antes que el afán por alcanzar la objetividad y hacer justicia.

Sheridan realiza su celuloide hablando desde irlandeses, para irlandeses, y es así como presenta la historia hacia el mundo. Sin embargo, también es para los ingleses, con el fin de concientizar sobre el colonialismo y la arbitrariedad.

El mérito está en que si bien es un relato netamente británico, que logra que el espectador de cualquier país tenga empatía por el sufrimiento de los acusados (los llamados Cuatro de Guildford). Es una narración humanitaria pero que está bien desarrollada, dado que no hay exageraciones, ni estereotipos, ni se abusa de la ficción para adornar de elementos que puedan tergiversar la narrativa. En definitiva, hay credibilidad.

Gran parte de esta pasa por la performance de Daniel Day-Lewis como Gerald Conlon, Gerry. El actor realiza un trabajo sólido, sin extremar y sin caer en los clichés, puesto que el personaje es alguien complejo: es un joven gamberro, arriesgado e irresponsable que -como un niño- debe estar siempre zafando de líos por la intervención de su padre, Giuseppe (otra gran actuación, de Pete Postlethwaite), pero además siente dudas, tiene temores, llora, sufre. A diferencia de muchos intérpretes que tienden a volver perfectos a sus roles, Gerry es muy humano, porque disfruta cuando hay que hacerlo, y sufre cuando llega el momento. La verosimilitud hace que esta película tome fuerza.

En el nombre del padre vuelve a cobrar relevancia cuando en Chile las instituciones encargadas de ejercer justicia se encuentran cuestionadas, y tal como en el caso de los Conlon, con pruebas y evidencias falsas mediante. Y, finalmente, el arte de algún modo cumple el rol fundamental de cuestionar al poder. No debemos preguntarnos solo por el goce estético, sino que además por cómo la obra hace temblar lo que se nos muestra como unívoco y establecido.

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