“Freedom’s Goblin”: la declaración de Ty Segall

En tiempos de canciones de 3 minutos y discos de media hora, Ty Segall levanta un ambicioso disco doble en que explora todas las posibilidades del rock.

Por Felipe Retamal Navarro

Ty segall

Justo cuando la prolífica carrera de Ty Segall llega a su primera década, el músico californiano ofrece un nuevo disco que resume lo mejor de propuesta y a la vez, marca un punto de su carrera en que está más desatado que nunca.

Tal como reza el título, el duende de la liberación pareció inspirar este ambicioso álbum doble en que Segall explora todas las posibilidades que su inquietud musical le permite. “Rock de impacto en todas sus formas y tamaños”, lo definió.

Porque si algo ha logrado el californiano es convertirse en un compositor que sabe lo que quiere, maneja los momentos de las canciones y, sobre todo, conoce bien el lenguaje del rock y todos sus posibles cruces y derivaciones

Por ejemplo la enérgica “Fanny dog” tiene bronces que no suenan a un refrito soul, sino que refuerzan el pulido sentido melódico de Segall. Inmediatamente le sigue “Rain”, una sencilla y emotiva canción en que el piano y la batería alternan dominio con los bronces. A continuación suena “Every 1’s a Winner 0” un tema dominado por el pedal fuzz, a ratos cercano al Beck de “Odelay”, y más parecido a los primeros EP’s del músico.

Estos contrastes nos permiten concluir que, en este punto de su carrera, el californiano está más preocupado de trabajar las canciones como obras en sí mismas, más que seguir un estilo. Por ello su música gana en personalidad e incluso en accesibilidad.

Cuando la industria hoy exige albums de máximo 40 minutos, Segall ofrece un desafío de 1 hora y 14 minutos de duración. Y pese a esa extensión hay notables momentos: “Alta” tema en que de balada se pasa a una contundente sección guitarrera digna de Marc Bolan. La acústica y sesentera “Cry, cry, cry” con su aire a lo George Harrison. La sugerente “The main pretender”, con su aire a lo Bowie. Y la emotiva “My lady’s on fire”, quizás de las más singleras del disco.

Hacia el final están las canciones que tienen largos pasajes instrumentales, y que a rato suenan más a improvisaciones, a Segall divirtiéndose en el estudio. Eso le da frescura al álbum, pero no necesariamente consistencia. Pero eso, tratándose de un álbum doble, es un detalle que se puede obviar tras una hora de buenos temas.

Hoy, cuando muchos vociferan la muerte del rock, la generación de Segall, Mikal Cronin –quien toca saxo en “The main pretender”-, Charles Moothart, Courtney Barnett, Kurt Vile, entre otros, le han dado un giro a un estilo que por mucho tiempo se copió a sí mismo. Pero a punta de un genuino interés por la música y el repaso a una extensa colección de discos, estos músicos consolidaron una propuesta que bebe tanto de las raíces clásicas como de su interés por no atarse a una determinada forma de tocar rock; se sienten iluminados por el duende de la liberación. El rock, aunque muchos lo nieguen, ha vuelto a ser interesante y desafiante.

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