Un pastiche llamado La Cultura de la basura

En su tercer álbum Los Prisioneros no pretendieron consolidar un sonido, sino que reunir un pegoteo de diferentes canciones y actitudes.

Laculturadelabazura

En diciembre de 1987, Los Prisioneros dieron a luz a uno de sus discos más comentados: La Cultura de la basura. El álbum fue grabado luego de una extenuante gira sudamericana por Colombia, Ecuador, Perú, Argentina y Uruguay para promocionar su álbum anterior (Pateando piedras). La presión del sello EMI por obtener pronto nuevo material, la entrada de Narea y Tapia a la parte compositiva, el cansancio y el desorden interno hicieron que el disco fuese una compilación de temas poco coherentes entre sí. Un pastiche.

Claudio Narea (en su libro Mi vida como prisionero), lo definió de gran manera: “era un disco oscuro y mucho menos comercial que los anteriores”, y es cierto. Cada uno de sus anteriores dos álbumes presentaba un camino claro, el punk/ska de La Voz de los 80’s y el synthpop de Pateando Piedras. ¿Y La Cultura de la basura? Un pastiche.

Si bien se encuentran canciones que con el tiempo se convirtieron en clásicos (La Cultura de la basura, Maldito Sudaca, Lo estamos pasando muy bien, Que no destrocen tu vida), también hay temas evidentemente flojos, laxos, y que incluso eran sorprendentemente largos, ello evidencia la prisa con que se hizo el disco. Decisión a todas luces producto de la inexperiencia con que se trabajaba en esos años en la música chilena, el profesionalismo era incipiente y se estaba construyendo al andar.

Viéndolo con una lupa aún más cercana, tenemos canciones como El vals, que nos recuerda a The Stranglers (cantada por un desafinado Narea); Otras como Algo tan moderno (cantada por Miguel Tapia), que era un reggae, el homenaje a Bo Diddley en Jugar a la guerra, el intento de emular la canción romántica de los 70’s en Cuando te vayas, el rock a la vena de Usted y su ambición, el electropop de El es mi ídolo; canciones oscuras, extrañas y que cuesta oír como Poder elegir, Otro día, Somos solo ruido y la muy simplona Pa, Pa, Pa.

Todos esos temas, muchos de ellos intrascendentes, en ningún momento del álbum logran cuajar en un continuo que muestre algún sentido, o alguna idea. Son experimentos, pruebas, pero nada a la altura de lo que habían mostrado hasta entonces.

El arte del disco, diseñado por Jacqueline Fresard (entonces esposa de Jorge González) también apunta inconscientemente a esa línea. La estrella y la estética simple, la puesta en escena de los sanmiguelinos luciendo uniformes militares recordaban a The Clash. No es casual puesto que años antes habían sacado Sandinista!, un disco que también es un pastiche, pero con una gran diferencia: en el de los ingleses sí hay una intención de trabajar un estilo y un sonido, acá es un pegoteo descuadrado.

Este menjunje se dio porque en rigor el grupo nunca quiso que el guiso cuajara, es decir, solo la urgencia de sacar canciones fue lo que sostuvo el álbum, pero en ningún caso sorprender al oyente, solo a ellos mismos. Es un disco que a veces aburre y cansa, porque su grabación y contexto fueron así.

Años después, el ingeniero Alejandro Caco Lyon, entrevistado en Chilevisión lo confirmaría claramente: “Era echarle y echarle a la olla para ver qué resultaba”.

 

 

Por Pablo Retamal Navarro.

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