Extractos de “Violeta Parra: la guitarra indócil”

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En 1977, mientras se encontraba en el exilio en Ginebra, Patricio Manns escribió “Violeta Parra: la guitarra indócil” el que se considera un trabajo que permite conocer diversas -y desconocidas- dimensiones de la artista.  Por muchos tiempo el texto fue muy difícil de conseguir, sin embargo este año la editorial Lumen lo reeditó integro. En Yakaranda ofrecemos algunos extractos.

***

“En un gran teatro de Puerto Natales, ella [Violeta Parra] canta ante un público espeso y ávido. A causa de la distancia (2.500 kilómetros de Santiago), ha creído que se encontraba en otro mundo y toma como su deber explicarse excesivamente.

-Yo no he venido nunca por aquí –comienza- pero quizás alguno de ustedes me conozca.

Un joven se levanta y dice con simpleza:

-Todo el mundo la conoce aquí. Ud canta en la radio y se llama Violeta.

Violeta responde al homenaje con una mirada luminosa y una simple sonrisa dulce, pero a flor de piel la embarga una emoción profunda.

-Quiero contarles de mi. He llegado a un punto de mi trabajo en que ya no me basta con pintar, tejer, hacer cerámica, componer y cantar en aislamiento. Necesito ahora la comunicación, la conexión de mi trabajo con el mundo que me rodea. Es para mí muy significativo este primer encuentro con uds. Yo vivo recorriendo mi país y jamás había alcanzado hasta Magallanes, mi trabajo consiste en recoger las canciones de mi país y mostrarles lejos del lugar en que han sido encontradas.  Así, las canciones que recojo en el sur, en el centro, en Isla de Pascua, son aquellas que quiero que se conozcan en la puna tarapaqueña, y las canciones de la puna son las que creo deben resonar aquí. Es una de las tantas formas que existen para ir uniendo este país tan largo, uniéndolo por dentro, por el sonido de la música.

Luego anuncia una canción. Es una cueca. Rasguea su guitarra, interrumpiéndose a sí misma varias veces, mientras dice versinas de iniciación:

El cura no sabe arar

Tampoco enyeguar un buey,

Pero con su santa ley

Él cosecha sin sembrar

¡Ya dije ya!

El auditorio estalla en carcajadas contenidas. Estaba preparada para escuchar las melancólicas y hondas cancones de Violeta que incluye su último disco. El desenfado de la alusión lo ha sorprendido (…).

Poco antes de abandonar Santiago rumbo al sur estrenó en su Carpa tres de sus canciones hermosas: “Gracias a la vida”, “Run Run se fue pa’l norte” y “Volver a los 17”. No logró concluír ninguna: olvidaba los textos y se hizo una confusión con versos de una y otra. Riendo explicó que eran temas “recién salidos del horno y que aún estaban muy calientes” para memorizarlos. Había poco público ese día. Ninguno se dió cuenta cabal de que había oído por lo menos un fragmento del testamento musical de la folklorista”.

***

Violeta relata su primera salida de recopilación folklórica:

“Cuando me iba a imaginar yo que al salir a recoger mi primera canción, un día del año 53, en la comuna de Barrancas (en Santiago), iba a aprender que Chile es el mejor libro de folklore que se haya escrito! Cuando aparecí en la comuna de Barrancas a conversar con doña Rosa Lorca, me pareció abrir este libro. Doña Rosa Lorca es una fuente folklórica de sabiduría. Es una mujer alta, gorda, morena, de profesión partera campesina. Es arregladora de angelitos, es cantora, saber santiguar niños, saber quebrarles el empacho, sabe las palabras que hay que decir cuando hay mala suerte en la casa. Detrás de la puerta de su casa tiene crucecitas de palqui; sabe ahuyentar al demonio con unas palabras especiales; es decir, es todo un mundo doña Rosa Lorca, de la comuna de Barrancas”.

***

En 1966 Violeta, Manns y otros integrantes de la Nueva Canción regresan a Santiago desde Arica. El aterrizaje fue especialmente difícil:

“El cuarto intento de aterrizaje agregó algo más funesto a nuestras premoniciones: mientras recorríamos la pista de Tobalaba, otra vez a ras del suelo, percibimos con toda claridad las siluetas de las ambulancias hospitalarias y los carros del Cuerpo de Bomberos, estacionados a ambos costados del campo. Además, una muchedumbre: quizás, cinco mil personas. Muchos policías y muchos funcionarios y operarios. Como antes, el avión se vio obligado a decolar. La histeria hizo presa de los pasajeros y se lloraba ya sin desembozo.
—¿Eres feliz? —me preguntó Violeta.
—No escribiría —repuse, convencido.
Luego de un silencio:
—Hay un poco de verdad —murmuró—. La gente que nos escucha o que nos lee, en realidad, escucha o lee nuestros sufrimientos. A lo mejor nos busca para sufrir también un poco, de algún modo nuevo. Porque no todo el mundo sufre de la misma manera. Ellos no comprenden bien qué es lo que nos sucede, y muchas veces, nosotros no comprendemos bien qué es lo que les sucede a ellos; pero se acercan como un niño al fuego, presintiendo que pueden quemarse las manos y sin embargo, tocan.
—¿Quieres ver algo hermoso?
—Ya lo veo.
Y contemplaba absorta, abiertos sus ojos oscuros, como deslumbrados, como una niña morena de largo pelo negro y una suave sonrisa bella, dulce y blanca. En su rostro campeaba la luz más plácida y la serenidad más contagiosa.
—¡Qué extraña es esta mierda! —pensé—. Nunca había reparado en que era tan extraña.
Se inclinó y limpió el vidrio con la mano.
—Yo no sé de qué se quejan —comentó, rechazando los sollozos y ciertos gritos contenidos que inundaban el aire.
La luna había salido por fin completamente. Un gran disco amarillo fulgurando contra un cielo profundamente azul, azul oscuro. Abajo, sobre la derecha, picos de piedra agresiva, hondonadas sin fondo, aridez desamparada y fría, negra y misteriosa.

Estaba ahora el comandante en persona frente al micrófono:

No se encuentran ustedes en peligro mortal —dijo su voz. —Sólo hay un desperfecto en el tren de aterrizaje. Si en el próximo intento no alcanzamos éxito, agotaremos el combustible en el aire y descenderemos sobre el vientre de la máquina. Guarden la calma, sigan estrictamente las instrucciones de nuestro sobrecargo y nuestras auxiliares de vuelo y respeten todas las medidas de seguridad. Aquellos que deseen tranquilizantes pueden solicitarlos al personal.

Sospecho que Violeta oía perfectamente pero su rostro no acusó la menor emoción; al menos, la menor preocupación, el menor interés. Estaba mucho más atenta a la visión fantástica del exterior porque cada vez que nos elevábamos recobrábamos el crepúsculo. El espacio era más claro, más límpido arriba y la luna bañaba todo en olas de pálida agua amarilla y transformaba, por contraste, la pétrea cordillera en azules aristas deslumbrantes. Recuerdo vagamente su monólogo que mencionaba también radiantes cosas: unas lunas iguales brotando desde la raíz misma del trigo, un círculo dorado y desvaído entornando las casas humildes de su pueblo natal, el amarillo ladrido de un perro campesino, el fulgor de una oquedad azul ensanchado sobre los techos de las casas. Al final, tocó mi brazo para arrancarme de una asombrada abstracción:
—¡Despierta! —me dijo—. ¿Escuchaste lo que acabo de decir?
—No muy bien.
—Dije: en mis dominios no se pone la luna.
—Estás muy nocturna —murmuré con inquietud. Me miraba riendo:
—¿Por qué no te asustas?
—Estoy asustado.
—Demuéstramelo.
—No puedo.
—Imposible —dijo—. Tú sabes expresar cosas. ¿Cómo no vas a saber expresar el miedo?
Cada vez más intranquilo, volví la cara.
—Y tú, ¿por qué no te asustas?
Se rió sinceramente. Después volvió a limpiar la ventanilla arrebujándose en su chal. Se quedó pensando un largo rato. Y después todavía:
—La muerte no es tan importante como la vida —repuso. —La gente sólo se asusta si no ha sembrado nada”.

 

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