20 años de Urban hymns: la cima creativa del britpop

verve

Si analizamos al fenómeno musical conocido como britpop, que nació en Inglaterra a comienzos de la década de 1990, podemos encontrar ciertos álbumes que fueron unas verdaderas cimas entre una cadena montañosa sólida. Hay que mencionar obligatoriamente trabajos como (What’s the story) Morning glory? de Oasis (1995), Parklife de Blur (1994), Different class de Pulp (1995), Coming up de Suede (1996) y el disco homónimo de Elastica (1995). Sin embargo, la última de estas grandes cimas, y que podríamos calificar como el álbum que cerró el britpop, fue sin duda Urban hymns, de The Verve (1997).

The Verve, una banda originaria de Wigan, Inglaterra, había cosechado un éxito moderado con sus primeros álbumes (A storm in heaven y A northern soul), donde presentaron un sonido neo psicodélico, inspirados sin duda por los 60’s, el rave y el baggy de fines de los ochenta en Manchester. Eran discos donde cultivaban un sonido denso, una versión más voladora y lisérgica de Stone Roses, algo muy interesante para un melómano pero que no llegaba al gran público.

Urban hymns en ese sentido le dio al grupo lo que estaba buscando: un sonido propio, pero con vocación masiva. Canciones psicodélicas y limpias, pero con carácter de himnos cantables en estadios. Ninguna banda perteneciente al britpop había explorado tanto ese lado, por lo que fue una verdadera muestra de creatividad. Ese es el gran punto fuerte del disco: demostró que las buenas bandas siempre pueden sorprender, algo muy importante si consideramos que la curva iba en descenso para la mayoría de las agrupaciones. El álbum tuvo la tremenda gracia de dejar en evidencia que no era necesario que una canción fuese bailable o ruidosa para que fuese buena, algo que el sobrevalorado grunge estadounidense había impuesto como una ley inexorable.

La placa le entregó al grupo unos singles con muchísima rotación en radios, además de unos temas con mucha variedad y que por lo mismo no aburren: desde la densidad de Bittersweet symphony y su impresionante arreglo de cuerdas, las acústicas e íntimas Sonnet y Lucky man, la quietud volátil de Catching the butterlfy y Space and time, el homenaje a los sesentas con One day, la espacial y psicodélica Neon wilderness, el guiño al trip hop con This time, y por supuesto un tema producido con vocación de himno: The drugs don’t work, donde se nota la mano del eterno compañero de Richard Aschcroft en la producción: Chris Potter.

En este sentido, el sonido limpio, pero potente; la elegancia, los sonidos espaciales y psicodélicos le dan un sello único al álbum. Las bandas del britpop estaban pasando por una etapa donde estaban repitiéndose mucho a sí mismas, y Urban Hymns entregó un material muy original, y con canciones que hasta entonces no se parecían a nada.

Gracias a su esfuerzo creativo, y al hecho de buscar sorprender, por primera vez en su carrera, la banda alcanzaba la última y exitosa gran cima en que se posó el britpop antes de ceder su puesto, claro que no saldría gratis. En 1999 el conjunto pasó por su segunda separación, porque ya había tenido una crisis tras la publicación de A northern soul, pero esta vez fue definitiva.

 

Por Pablo Retamal Navarro.

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