La balada del vagón

Por Felipe Retamal Navarro
metro ruben contreras
Foto: Ruben Contreras

-Bájate.

La orden del guardia sonó fuerte en el vagón. Pablo González ya la había escuchado antes. En abril de este año, dos carabineros lo sacaron de la estación Manuel Montt y le cursaron un parte, de $38.900 pesos, por tocar música al interior del metro sin autorización.

Pablo miró al vigilante con sus alargados ojos verdes:

-Estoy trabajando.

-No podís, bájate.

El guardia tomó del brazo izquierdo a Pablo y lo tiró con tal fuerza que la guitarra acústica que sostenía cayó al suelo. Un pasajero la tomó y apenas alcanzó a entregársela. Mientras, otros gritaron a la cuadrilla de tres vigilantes que se llevó al músico: “¡Si no estaba haciendo nada, pacos culiaos!”.

***

Eran las diez de la mañana y Pablo estaba parado en el andén sur de la estación Baquedano. Cuando llegó el tren, lo recorrió por fuera mientras observaba a los pasajeros. Era parte de la rutina: si había jóvenes, subía, si eran más los adultos mayores, esperaba. “Los cabros son los que dan más monedas”, cuenta.

Esa vez decidió subir. Buscó un espacio vacío, sacó su guitarra marca Walden de la funda color negro y la colgó desde su hombro izquierdo con un strap que tenía unos pequeños hoyos. Una mujer que estaba sentada llevaba a un pequeño perro poodle negro, con una capa naranja. Pablo miró al can y dijo: “Ya, esta canción va con cariño al perrito”.

“Cuando por primeeeeeera vez te vi, supe que el cielo era para ti y para miiiii”, cantó el músico con su fuerte voz nasal. El perro amagó con levantar la cabeza, pero no se inmutó.

***

En el andén de la estación Pedro de Valdivia, Pablo revisó su pantalón.

“¡No! ¡Por la chucha!”.

El músico se llevó una vez más la mano al bolsillo trasero. Hurgó varias veces. Su celular no estaba, y tampoco las monedas que ganó durante el día. De inmediato recordó que durante ese trayecto se apoyó en la puerta del vagón mientras cantaba. Eran las cinco de la tarde, el carro ya estaba lleno y había gente muy cerca de él. “Así es esta cosa”, dice.

***

-Esa era “Amor violento” del grupo chileno Los Tres. La siguiente canción es de Soda Stereo, ojalá les guste.

Mientras anunciaba el tema, Pablo movió con su mano izquierda las clavijas de la guitarra. En ese momento el carro llegó a la estación. Un hombre salió del vagón a paso rápido mientras miraba absorto la pantalla de su celular, pero no vio al músico y sus hombros chocaron haciendo un ruido corto y seco.

-¡Córrete!

-¿Qué te pasa? –contestó Pablo.

El guitarrista miró brevemente a su público y sentenció: “Así con el estrés”.

La mujer con el perro miraba con atención la calavera que Pablo se tatuó en su antebrazo derecho. En esa extremidad también había espacio para un pulpo con cuernos y un macho cabrío con un pentagrama. Por el contrario, en el brazo siniestro el músico solo llevaba tatuados un ángel y dos plumas.

***

-Socio ¿tiene hora?

Solo el ruido del vagón respondió la pregunta que Pablo le hizo a un adulto mayor vestido con abrigo y lentes de marco grueso. No se sorprendió. La gente de edad lo evitaba. Pablo llegó a la conclusión de que eso se debía a su pelo largo y seboso, a los dos aros en la oreja derecha y la nariz, la cadena que colgaba del cinturón y sus bototos militares.

Ese look surgió hace cuatro años, cuando el guitarrista dejó su puesto de vendedor en la tienda Converse del mall Plaza Oeste. Ese día, tras una discusión con su jefe, Pablo decidió que no se cortaría más el pelo. Además, prometió, se dedicaría solo a la música.

***

“Bueno, señoras y señoras, muchas gracias por escucharme. Cualquier cooperación será bien recibida y si no, una sonrisa también vale”.

Tras pronunciar su habitual fórmula de cierre, Pablo caminó por el pasillo moviendo levemente su mano derecha de arriba hacia abajo. Una escolar de amplia sonrisa le dio cien pesos. Un poco más adelante, un joven con una mochila de jean y audífonos se acercó y le entregó una sucia moneda con la cara de Bernardo O’Higgins. El resto de la gente no le tomó atención. En ese momento recordó que hace algunos meses, un hombre con fuerte hálito a cerveza barata le dio un billete de diez mil pesos.

***

El músico guardó su guitarra en la funda negra. El instrumento no era suyo. Hace poco más de 6 años, un tío se la regaló a su hermano menor, Diego, por su cumpleaños. Pero este pronto perdió el interés por aprender a tocar. En ese momento, Pablo le dijo: “Te la compro”. Tras una noche de cervezas, su hermano accedió a vendérsela por 50 mil pesos, pagados en cómodas cuotas.

Tras tomar su instrumento y guardar el dinero en el bolsillo de su camisa de franela roja con cuadros negros, Pablo levantó las manos como si se despidiera de la audiencia en un teatro imaginario: “Muchas gracias, muchas gracias”.

Pero algo sucedió.

El cierre de puertas demoró más de lo normal. Entonces, una cuadrilla de tres guardias corrió hacia el carro donde estaba Pablo. Vestían de azul y estaban premunidos de esposas, walkie-talkie, una pequeña luma y un revolver al cinto. Uno de ellos no llevaba el característico jockey con la insignia de Metro.

“Cagué”, dijo Pablo. Miró al piso. Su rictus de pronto estaba rígido. Sabía lo que le esperaba.

Uno de los guardias llegó antes que los otros, luego se acercó a una palma del guitarrista, lo miró de arriba hacia abajo y luego le dijo:

-Bájate.

 

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