La pluma

Asalto en hora punta

Por Stephanie Weber

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El miedo la tenía paralizada. Una, dos, tres veces escuchó el sonido agudo del golpe en la ventana, a menos de un metro de distancia. No entendía como esa delgada capa transparente era capaz de aguantar las arremetidas violentas del hombre que trataba con todas sus fuerzas de quebrarla. Una vez más el sujeto echó el cuerpo hacia atrás y tomando impulso pegó con la piedra en el vidrio. Tras este último impacto, pequeños cristales salieron despedidos por el asiento del copiloto. Encandilada como una liebre era incapaz de desviar la mirada del tajo que se abría, incapaz de moverse. Un golpe más y el tipo del rostro cubierto y mirada agresiva vencería la barrera que los separaba, metería su brazo por la abertura y abriría la puerta. Y ella quedaría encerrada en el auto con él.

Eran poco más de las seis de la tarde y ya estaba oscuro cuando salió de la oficina camino al estacionamiento. Subió a su Citröen y aunque aún la esperaba un largo trayecto, la reconfortó que al menos enfrentaría el terrible tráfico de la hora punta cómodamente sentada, escuchando la radio y con la calefacción encendida. Poco a poco, sin embargo, su optimismo inicial se fue desvaneciendo. Quince minutos y no había logrado avanzar más de cuatro cuadras por Avenida Santa María, y estaba detenida entre Loreto y el puente Purísima. La fila se le hacía interminable y los autos de adelante parecían hacer caso omiso de las instrucciones del semáforo. Por milésima vez se preguntó por qué no se hacía un favor y volvía a los viajes en Metro, ahorrándose los disgustos y los costos.

Entregada a la espera, pasaba distraídamente el índice por la pantalla del celular sin notar una presencia que la miraba desde la calle. Hasta que sintió el primer piedrazo. Tras el sobresalto inicial pensó que se trataba de un accidente, un malentendido. Pero al ver a un hombre extendiendo el brazo por detrás de su cabeza, y luego, un segundo choque, comprendió. Había oído historias al respecto. Siempre mujeres, siempre solas. Un piedrazo al vidrio y chao cartera. A una conocida incluso la golpearon varias veces antes de robarle, hasta hacerla sangrar.

Su cabeza funcionaba a toda velocidad pensando en todas las cosas terribles que podrían pasarle, pero incapaz de reaccionar. Estaba atascada, en el auto y en el taco. Miró alrededor, tenía que haber alguien que la ayudara, pero donde fuera sólo veía vehículos, no personas; estaba sola con su atacante.

Al saltar los trozos de cristal, reaccionó. Un agujero se había formado en la ventana y el tipo ya la había atravesado con su brazo, tanteando la puerta por dentro. Sintió como la adrenalina subía por su cuerpo; en segundos tomó cartera, teléfono, llaves y rápidamente tiró de la manilla y bajó, decidida a abandonar el fuerte y escapar corriendo como la peor de las cobardes. No se hundiría con su barco.

Puede que el  enfrentamiento cuerpo a cuerpo estuviera fuera de los planes del asaltante. O, quizás, ver a su víctima más allá de la máquina que conducía haya tenido algún efecto. Como fuese, al verla bajar, se alejó unos pasos, sin dejar de mirarla, y luego echó a correr por el borde del río, perdiéndose detrás de las luces de los autos.

Tiritando subió nuevamente y cerró la puerta. El semáforo cambió, puso primera y se alejó del lugar donde casi la asaltaron.

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