“Fome”: el mejor disco de Los Tres

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En junio de 1997, tenía 12 años, cursaba séptimo básico, y era un adolescente que recién estaba descubriendo el poder de la música. De la buena música. Comenzaba a formarme mis propios gustos musicales y no seguir los de mis papás. En esa búsqueda, la banda chilena que más me gustaba por masacre eran Los Tres. Había recibido el Unplugged en cassette de regalo el año anterior, me había encantado, por lo que esperaba con ansias el nuevo disco: “Fome”.

El nombre era sugerente, pensaba que era un nombre que yo no le habría puesto a un disco. Como ya se había hecho costumbre, recibí el cassette de regalo por parte de mi abuela. Lo puse con ansiedad en el equipo doble casetera familiar y comenzó el viaje. Iban sonando uno a uno los temas.

Un cabro chico como yo, en esos años, esperaba algo como “La Espada & la Pared”, canciones medias rockabileras con un sonido limpio y exquisito. Acá sonaba todo lo contrario. Era algo directo, crudo, y con letras oscuras. Como a un amor forzado, reconozco que a la primera me decepcionó un poco, pero decidí seguir dándole oportunidades.  Es como cuando conoces un lugar nuevo, a la primera quieres absorberlo todo, no alcanzas, te frustra no poder conocerlo todo de una, y decides quedarte muchos días para conocerlo bien.

Con el tiempo, comencé a habitar aquel nuevo lugar. A instalarme, a elegir los rincones donde llegaba mejor el sol. A elegir los lugares donde hacía menos frío. Me di cuenta que estaba cómodo allí. Que me gustaba ese rock sencillo, lejos de la súper producción de Mario Breuer en “La Espada & la pared”; que me gustaba repetir incesantemente la letra de “De hacerse se va a hacer”, que me gustaba la idea de poder tocar acordeón para interpretar “Fealdad”, que “Antes” era la mejor batería que jamás había escuchado, que el riff de “Jarabe para la tos” era algo hipnótico y alucinante, que “Me arrendé” era el cuarzo más hermoso y brillante que jamás había visto, que “Bolsa de Mareo” era mil veces mejor que todas las canciones que había escuchado de Los Tres hasta ese entonces.

Comencé a habitar ese lugar llamado “Fome”, a sentir que podía invitar gente a acomodarse y vivir ahí; que podía invitar a Edgar Allan Poe a tomar el té ahí cuando quisiese, que podía recibir a Cortázar y a la señorita Cora. Tanta comodidad me resultó confortable, y desde esos días, no quiero abandonar esa sensación. Sí, porque ni “La sangre en el cuerpo”, ni “Freno de Mano”, ni el irregular “Hágalo usted mismo” ni los que siguieron, ni los anteriores lograron causarme lo mismo.

Desde esos días, se que “Fome” es el mejor disco de Los Tres.  El disco que lo cambió todo. El disco que me enseñó a cómo escuchar un álbum, y cómo habitarlo; a ponerle atención a las letras, y entenderlas; a que la oscuridad es un tremendo motor para armar un disco; que lo crudo no era reducirlo todo a gritos, sino fundamentalmente una intención; a entender que un disco es una acción colectiva de cuatro músicos que dejan testimonio de cómo eran en ese minuto.

Por Pablo Retamal Navarro.

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