Año nuevo

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La celebración de año nuevo siempre me genera la sensación de que, por un momento, todo el mundo está fuera de sí. Es como si se suspendiera la cordura y la imposición de una forma políticamente correcta de hacer y decir las cosas, y por ello, todo el mundo se relaja.

Mientras camino por la Alameda buscando algún punto para ver los fuegos artificiales, observo a la gente. A cada paso, el espacio de cada persona se vuelve más estrecho. La gente está apretada, pero se respetan. Nadie quiere confrontarse. Algunos visten su mejor ropa. Otros se endeudan para ello.  Todos, quieren sentirse diferentes.

En el suelo, los vendedores liquidan su mercadería de ocasión: tubos largos de cotillón, sombreros de colores fuertes a los que está adherida una suerte de peluca, espuma en spray (especialmente molesta), lentes ridículos de grandes y de colores extravagantes. Todo dispuesto para dejar de ser sí mismo por un rato. Todos quieren ser otro.

Ya se escucha el primer “ceacheí”, porque al fin y al cabo, pareciera que es necesario buscar un punto de unidad. Remarcar la pertenencia. Más si el grito parece canto de fútbol y en el fútbol a Chile le ha ido bien últimamente.  Y en el Chile neoliberal, apostar a ganador siempre es bueno. En eso, todos parecen coincidir.

Unos punkies rayan la cortina metálica de una tienda con el spray de espuma. Celebran a su modo, como outsiders de una noche de consumo y desenfreno, de la que también se hacen parte.  A pocos pasos, una pareja de carabineros los observa. No intervienen. No se complican. No es la noche.

Pronto aparece la novedad del año que se va. O más bien, la primera novedad del nuevo año: los globos de los deseos.  También conocidos como “lámparas chinas”. Uno se atasca peligrosamente en la rama de un árbol. La gente, unida en el dramatismo, exclama “ahhhh”. El impulso que llevaba y el viento lo sacan de allí, y pronto se suma a los que ya están iluminando el cielo. Alguien trata de encender el suyo, pero no le resulta. Sus deseos no se elevarán esta noche.

Ya quedan 5 minutos para el nuevo año y vuelven a resonar los “ceacheí”, cada vez más fuerte. Con más hálito alcohólico. Con más patriotismo. Un grupo de personas de pronto grita “VE-NE-ZUELA, VE-NE-ZUELA”. A su lado, otro grupo grita con voz seca y profunda “HAI-TI, HAI-TI”. Son parte del nuevo Chile. Ese que se suma a la noche de fiestas. Ese que horas después estará haciendo los trabajos más desagradables. Nadie les dice nada. A nadie parece importunarles.

“Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo.” Escribió alguna vez Julio Cortázar. Todos quieren empezar de nuevo. Por eso se permiten la alegoría, los disfraces, las espumas y el cotillón. Todos por un instante proclaman sus miserias, y a cada abrazo, parecen darse una nueva oportunidad.

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